
Del “¿Qué quiero estudiar?” al “¿Para qué quiero estudiar?”
Durante casi veinte años orientando a estudiantes que desean realizar estudios en el extranjero, he observado una situación que se repite con mucha frecuencia.
Cuando un joven se acerca a mí, normalmente tiene muy clara la respuesta a una pregunta:
¿Qué quiero estudiar?
Sin embargo, muy pocos tienen clara la respuesta a una pregunta mucho más importante:
¿Para qué quiero estudiarlo?
A primera vista parecen preguntas muy similares. Sin embargo, no lo son.
La primera habla de una carrera.
La segunda habla de un proyecto de vida.
Y esa diferencia puede cambiar por completo la forma en que una persona construye su futuro académico y profesional.
La anécdota del MIT
Hace algunos años tuve la oportunidad de conversar con un profesor de origen cubano del Massachusetts Institute of Technology (MIT).
Hablábamos sobre los procesos de selección de estudiantes y me hizo un comentario que nunca he olvidado.
Me dijo que cada año reciben solicitudes de jóvenes con expedientes académicos extraordinarios: promedios perfectos, excelentes resultados en los exámenes de admisión y un enorme potencial intelectual.
Después, con ese humor tan característico de los cubanos, añadió:
“Pero muchos llegan con un tenis atravesado en la cabeza.”
Sonreí por la expresión y le pregunté qué quería decir.
Su respuesta fue muy sencilla.
Muchos desean estudiar en el MIT porque es una de las mejores universidades del mundo.
Pero cuando uno les pregunta:
¿Para qué quieren estudiar aquí?
No saben responder.
Tienen muy claro dónde quieren estudiar.
Pero no para qué.
Entonces comprendí que, para una universidad como el MIT, el talento por sí solo no siempre es suficiente; también es necesario demostrar un propósito claro.
Aquella conversación cambió profundamente mi manera de orientar a los estudiantes.
La entrevista que confirmó una idea
Años después, una joven a la que venía asesorando para postular a un prestigioso programa de becas de la cooperación internacional me llamó muy emocionada.
Había sido seleccionada para una entrevista con profesores europeos.
Pero también estaba preocupada.
Me dijo:
—También llamaron a un compañero mío. Es brillante. Fue profesor auxiliar mientras estudiábamos y sabe muchísimo más que yo.
Le respondí algo que todavía hoy comparto en mis talleres.
—Depende de en qué cancha juegues la entrevista.
Si respondes desde el contenido académico, estarás jugando en la cancha del profesor.
Él tiene un doctorado.
Décadas de experiencia en investigación.
Publicaciones científicas.
Probablemente diseñó algunos de los cursos que deseas estudiar.
En esa cancha será muy difícil superarlo.
Pero existe otra cancha.
La tuya.
Le sugerí que cuando le preguntaran:
¿Por qué quiere estudiar esta maestría?
No hablara primero del plan de estudios.
Ni de los cursos.
Ni del prestigio del programa.
Que hablara de su propósito.
Le sugerí responder algo parecido a esto:
“Quiero adquirir conocimientos y herramientas para fortalecer la investigación sobre el cáncer en Guatemala. Quisiera contribuir a disminuir la mortalidad, mejorar la calidad de vida de quienes padecen esta enfermedad y fortalecer la investigación científica en mi país.”
Luego le dije:
—Si haces eso, verás que la entrevista cambiará completamente.
Ya no te preguntarán tanto sobre Bioquímica.
Te preguntarán sobre Guatemala.
Sobre el cáncer.
Sobre la realidad de tu país.
Sobre los desafíos que quieres ayudar a resolver.
Y eso fue exactamente lo que ocurrió.
Al día siguiente me llamó y, entre risas, me dijo:
—¡Usted como que es brujo!
No era brujería.
En ese momento comprendí que el profesor ya no estaba evaluando únicamente cuánto sabía sobre Bioquímica.
Estaba tratando de descubrir qué haría con ese conocimiento al regresar a Guatemala.
La entrevista duró más de una hora, mientras que la mayoría terminó entre diez y quince minutos.
Finalmente obtuvo la beca.
El conocimiento es un medio, no un fin
Con frecuencia los jóvenes me dicen:
—Quiero estudiar Bioquímica.
Mi siguiente pregunta suele ser:
¿Para qué?
Porque la Bioquímica no debería ser el objetivo.
Debería ser el medio.
Lo mismo ocurre con Medicina.
Con Ingeniería.
Con Economía.
Con Psicología.
Con cualquier disciplina.
El verdadero valor del conocimiento no está únicamente en adquirirlo o acumular títulos.
Su verdadero valor está en la forma en que lo utilizamos para mejorar la vida de las personas y contribuir al desarrollo de nuestras comunidades.
Lo que realmente buscan muchas becas
Después de muchos años asesorando estudiantes, llegué a una conclusión.
Las becas más prestigiosas del mundo —Chevening, Fulbright, Swedish Institute, DAAD, Erasmus Mundus, McCall MacBain, entre muchas otras— no buscan únicamente estudiantes brillantes.
Buscan personas que sepan qué harán con ese conocimiento.
Por eso valoran tanto el liderazgo.
El compromiso social.
La trayectoria.
Y, sobre todo, un proyecto de vida coherente.
Los comités de selección no solo se preguntan:
¿Tiene la capacidad académica para completar este programa?
También se preguntan:
¿Vale la pena invertir en esta persona?
Porque una beca no es únicamente un reconocimiento al mérito académico.
Es una inversión en alguien que, idealmente, utilizará ese conocimiento para generar un impacto positivo en su comunidad, en su país o incluso a nivel global.
Una reflexión final
Creo que la orientación vocacional tradicional ha dedicado mucho tiempo al qué*.
¿Qué carrera estudiar?
¿Qué universidad elegir?
¿Qué beca solicitar?
Todas son preguntas importantes.
Pero antes de responderlas, vale la pena hacerse una mucho más profunda.
¿Para qué quiero estudiar?
Porque la carrera responde al qué.
La universidad responde al dónde.
La beca responde al cómo.
Pero únicamente el propósito responde al para qué.
Cuando un joven tiene claro ese propósito, la carrera deja de ser un fin y se convierte en un medio para construir el futuro que desea y contribuir a resolver los problemas que considera importantes.
Y, al final, es ese para qué el que suele marcar la diferencia entre estudiar para acumular conocimientos o estudiar para transformar la vida de otras personas.
Además, en el ámbito de las becas internacionales, saber comunicar de manera clara y convincente ese propósito puede convertirse en el elemento diferenciador entre dos candidatos con perfiles académicos muy similares. Los comités de selección no solo evalúan la capacidad académica del aspirante; también buscan comprender cuál será el impacto que tendrá la inversión realizada en esa persona.
Quizá la pregunta más importante que un joven pueda hacerse antes de elegir una carrera, una universidad o una beca no sea:
¿Qué quiero estudiar?
Sino:
¿Cómo quiero contribuir al bienestar de las personas y al desarrollo de mi comunidad, mi país o del mundo?
Porque cuando esa respuesta es clara, la carrera deja de ser el destino y se convierte en el camino para construir un proyecto de vida con propósito.
Luis Edgar Arenas
Director General
INDESGUA
